Erupciones

(In English here.)

Erupciones.

Imaginemos un mundo sin ellas.

Cada día viene otra. No vamos a enumerar aquí —nos rehusamos a enumerar aquí— las continuas atrocidades, ataques, amenazas y distracciones que realizan a diario líderes despóticos en Estados Unidos y el resto del mundo.

El bombardeo por parte de los medios nos hace sentir que las erupciones son constantes. Que los son, si estamos prestando atención.

Las erupciones también están conectadas.
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El 9 de mayo, Luis Arturo Marroquín fue asesinado por asaltantes no identificados en San Luis Jilotepeque, Guatemala. Durante el próximo mes, fueron asesinados otros seis líderes comunitarios, todos miembros del Comité de Desarrollo Campesino (CODECA) o del Comité Campesino del Altiplano (CCDA).

En esta área, los desplazamientos forzosos han sido frecuentes durante los últimos tres años, aunque muchos miembros de la comunidad tienen títulos de propiedad legítimos. CCDA compartió que:

El uso de la tierra sigue siendo un eje de acumulación de riqueza y un medio útil para el desarrollo de actividades económicas dañinas, tal como la industria agraria, los megaproyectos extractivos, las grandes ganaderías y las actividades ilícitas como el tráfico de drogas.

Los líderes de la comunidad han estado recibiendo amenazas de muerte y han sido criminalizados por su labor organizativa.

Guatemala lleva una tendencia terrible en cuanto a la vulnerabilidad de los defensores de derechos humanos. Además de los tiroteos de la policía o del ejército durante las protestas, en Guatemala se ha asesinado a un defensor de derechos humanos cada uno o dos meses desde el año 2000.

Aunque no era una novedad para Guatemala, o para nuestra contraparte CCDA, fue una erupción de violencia devastadora. De hecho, la erupción de violencia en contra de los defensores del medio ambiente es una creciente e inquietante tendencia mundial.
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El 3 de junio, el Volcán de Fuego, el volcán más activo de Guatemala, erupcionó —literalmente. El suelo escupió lava y cenizas, las cuales continuaron su rápido descenso con una pérdida de al menos 110 vidas, casi 200 personas desaparecidas (aunque testigos de la escena indican que las cifras actuales son mucho mayores) y más de 12,000 personas obligadas a evacuar el área, para un total de más de 1.7 millones de personas afectadas. Sobre 4,000 personas continúan sin hogar y la mayoría de los sobrevivientes están viviendo en albergues temporeros.

Nuestras contrapartes siempre son los primeros intervinientes en cuanto a responder a desastres, idear soluciones a problemas inmediatos y endémicos, y abordar las causas fundamentales de dichos problemas.

Miles de personas se unieron a las manifestaciones de protesta del 9 de junio en las calles de la Ciudad de Guatemala para exigir la renuncia del Presidente Jimmy Morales, quien sostuvo que no habían fondos disponibles para ofrecer ayuda de emergencia. Hasta ahora, el apoyo del gobierno no solo ha sido inadecuado, sino militarizado y muchas veces inapropiado. Las necesidades de las mujeres, en particular, han sido pasadas por alto. La atención internacional, y por lo tanto la ayuda internacional, también ha mermado. El Congreso de Guatemala ha sido criticado por su uso de la tragedia nacional como una cortina de humo detrás de la cual ha aprobado leyes impopulares, tal como la iniciativa de ley sobre el “derecho a la vida”, la cual impone castigos por abortos no terapéuticos y prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como otra que pondría fin a las investigaciones y enjuiciamientos de crímenes de lesa humanidad durante el conflicto armado de Guatemala.

Para aquellos que necesitan reubicarse y reconstruir a largo plazo, la erupción del Volcán de Fuego sigue siendo un evento devastador.
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Más de 1,000 millas al norte del volcán, a lo largo de una frontera que muchos anhelan cruzar, después de haber huido de lugares que han dejado de ser soportables, habitables y seguros, la militarización también entra en juego.

En la frontera entre México y los Estados Unidos, 65 niños están siendo separados de sus padres cada día como parte de la política de “cero tolerancia” de la administración actual, la cual busca disuadir a personas que huyen hacia los Estados Unidos. La mayoría de las familias migrantes en la frontera sur de los Estados Unidos provienen de El Salvador, Honduras y Guatemala.

El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) tiene contratos con 100 albergues ubicados en 17 estados para alojar a estos niños. Algunos de los centros más grandes se son McAllen y Brownsville, ambas en Texas, y Estrella del Norte en Tucson, Arizona. El 19 de junio, la Prensa Asociada publicó un inquietante informe sobre la existencia de al menos tres albergues de “tierna edad” en el sur de Texas ubicados en Combes, Raymondville y Brownsville.

Pero aun así siguen llegando.

Durante los procedimientos de asilo en los Estados Unidos, mujeres y niños provenientes de Guatemala citan la violencia familiar y conyugal endémica, así como el abandono por parte de la policía local, quienes no responden a sus llamadas telefónicas o quienes no pueden hablar sus idiomas indígenas. Desde el 17 de octubre, la actual administración ha impulsado reglas de asilo más estrictas como parte de cualquier iniciativa legislativa relacionada con la inmigración. El 11 de junio, el fiscal general de los Estados Unidos limitó la definición de solicitantes de asilo y declaró que aquellas solicitudes “relacionadas con violencia conyugal o pandillera por parte de actores no gubernamentales no serán elegibles para asilo político”.

Las personas están llegando de zonas que también han sido azotadas por el cambio climático, frecuentes desastres naturales y sequías. La pobreza de estas regiones deja a sus residentes con poca capacidad para resistir lluvias impredecibles o acontecimientos externos.

Por supuesto, el desplazamiento de centroamericanos a los Estados Unidos no es un fenómeno nuevo. Ausente de los relatos en los medios son las décadas de intervención por parte de los Estados Unidos que destabilizaron y exacerbaron disturbios civiles en la región, las cuales se remontan a las Guerras Bananeras de la década de 1900. Según el activista de derechos de los inmigrantes y ex sindicalista David Bacon recalca en su artículo, “Política de los Estados Unidos impulsa la migración de América Central”, la migración proveniente de América Central aumentó durante el apogeo de la guerra fría:

La ola de migración desde América Central se remonta a guerras que los Estados Unidos promovió en los años ochenta, en las cuales los Estados Unidos armaron a las fuerzas que más se oponían al cambio social progresivo. Dos millones de salvadoreños llegaron a los Estados Unidos a finales de los años setenta y ochenta, así como guatemaltecos y nicaragüenses. Emigraron familias enteras, pero también familias incompletas, dejando atrás a seres queridos con la esperanza de que algún día se pudiesen reunificar…

“El aumento en la migración es una consecuencia de la creciente crisis económica para la población rural de América Central y México. Las personas se están yendo porque no pueden sobrevivir donde se encuentran”.

Se han quebrado familias. Se han terminado niñeces. Nociones de protección impresas en almas jóvenes han sido irreparablemente destruidas por actores estatales. Una fuerza despiadada que antes había sido usada fuera del país, implementa su maldad geopolítica más cerca de casa.

La violencia patrocinada por el Estado se desató sobre las personas de color y afrodescendientes, con erupciones devastadoras entre familias, comunidades, sociedades completas.
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Las partidas. Erupciones.

La violencia. Erupciones.

Todo es parte de la placa tectónica que se está desplazando por el mundo en este momento.

En cada uno de estos tres acontecimientos, los gobiernos usan el conflicto y la violencia como su herramienta primaria. Al reivindicar sus derechos, los defensores del medio ambiente son detenidos y asesinados por matones respaldados por el gobierno. Por estar en la ruta de un volcán, la gente es detenida en albergues controlados por el ejército, incapaces de ir y venir. Por huir de lugares donde no pueden imaginar un futuro, los padres ven como funcionarios policiales que usan tácticas y equipo militar les arrancan a sus niños.

La militarización. Erupciones.

Las ganancias corporativas por obtener. Erupciones.

Y podemos resistirlas.

Con nuestras erupciones de valentía, alegría, indignación, amor, atención, generosidad, voto, canto, baile, apertura, entendimiento, crecimiento, intercambio.

Aunque no podemos detener los desastres naturales, podemos reimaginar un mundo sin erupciones que destruyan nuestra humanidad.
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Las organizaciones de base locales son los primeros intervinientes durante erupciones de cualquier tipo.

CCDA, como parte de su respuesta inmediata al asesinato de los líderes comunitarios, se movilizó para proteger y cuidar a las familias de los fallecidos, así como activar toda vía legal para investigar los asesinatos.

CCDA, AFEDES e ISMUGUA abrieron centros de acopio para brindar ayuda inmediata, inclusive la distribución de comida, ropa, artículos personales y medicina. CONAVIGUA, la miembro guatemalteca de la Comisión de Mujeres de América Central, ha organizado una clínica móvil que contará con una doctora, una promotora de salud y una comadrona que visitarán a diferentes albergues y comunidades.

Todos son parte de planificar esfuerzos de reconstrucción a medio y largo plazo para sanar y crear comunidades fuertes en Guatemala.

Aspiramos a aumentar nuestros esfuerzos tal como lo han hecho nuestras contrapartes. Miles de Afluentes ha ofrecido financiamiento adicional a cada una de nuestras contrapartes en América Central.

El cultivo del apoyo para nuestras contrapartes en la actualidad. Erupciones.
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Únase a nuestra reunión virtual el martes 21 de agosto para conectar los puntos entre la crisis migratoria de los Estados Unidos y las crisis climáticas, de tierras y sociopolíticas que afectan a nuestras contrapartes en Guatemala y otros países. Hacer clic en el gráfico para más detalles. Favor de confirmar su asistencia aquí.

Si quiere aprender más sobre nuestras contrapartes en América Central o cómo puede apoyarlas, favor de ponerse en contacto con Jessie Spector, Directora de Organización de Donantes, o Katherine Zavala, Directora Regional de América Latina.